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domingo, 31 de octubre de 2010

7. Falsa Paradoja del Machismo Feminista

(De 13 divertidísimas incongruencias sociales, ver etiqueta...)

De las ideas redactadas en la compilación que me ocupa, esta es la que más trabajo cuesta escribir. ¿Cómo abordar en dos cuartillas un tema con una complejidad del tamaño de la Historia y tan antigua como tal? Polémica de por medio, mi respuesta es simple: escribir lo que alcance en dos cuartillas y lo demás dejarlo para la discusión atropellada. Sin más.

La figura de la mujer en la sociedad ha cambiado mucho, pero es cierto que su movimiento se ha visto siempre como un movimiento subordinado o inferior al del hombre como género. “Como si la mitad femenina del mundo fuera una minoría”, escribió una vez Galeano (me parece) y escribió acertadamente. La discriminación a la mujer es un fenómeno bien difícil de estudiar y de seguir; de opinar y sostener. Si ha de hacerse bien, tendría que ser desde la mujer misma pero pasa algo: el discurso se feminiza y sale más caro el caldo que las albóndigas. Explico.

Siglos y siglos de machismo y discriminación sexual desembocan en el movimiento feminista cuyo discurso, al tiempo, va perdiendo vigencia. La búsqueda de un respeto individual de la mujer como ser humano independientemente de su sexualidad suponía la supresión del machismo como mecanismo idiosincrático dominante: equidad de género. Igualdad de condiciones sociales. Iguales oportunidades basadas en la capacidad de la persona como persona y no en si tiene senos o testículos. Pero el discurso se hizo moda y entonces no se trató de encontrar un “mujer=hombre” en términos sociales, sino un “mujer>hombre”. Discurso estúpido en un sistema todavía (triste: todavía) falocéntrico, por usar una palabra rimbombante tras no querer ser yo quien diga “regido por hombres”.

La moda del discurso feminista comienza por hacerse patente en las mismas ideas de emancipación sexual, pero digeridas en un “soy mujer y no necesito hombres” “soy mujer, autosuficiente y siempre subestimada” “soy mujer y soy un ser superior”… Llegando a lo que personalmente defino como ‘generación Bitch’. Una generación de jóvenes y adolescentes que se jactan de ser perras: de ser mujeres que dominan, manipulan, triunfan por encima de toda opinión sobre ellas, para bien o para mal. En mis tiempos ser una perra era ser una puta. De pronto ser una perra es la onda. ¿Que los hombres pueden andarse tirando a 10 viejas si quieren? ¡Pues las mujeres podemos con 15 pendejos! Al final y para no hacerme el cuento largo, el discurso feminista se deformó hasta perder vigencia por la obvia razón de que fue dejando de apelar a una esencia de equidad sexual y se convirtió en una guerra de juguete. Una competencia innecesaria.

De forma que el fenómeno social de la posición femenina en el sistema social ha vuelto al discurso de equidad sexual por orden natural, dejando solo una estela de feministas confundidas, discursillos gastados y grandes corporaciones haciéndose ricas por la guerra inexistente. Porque los productos que manejen un enfoque de ser parte de la diferencia que te hace a ti, mujer, un ser superior, venden. Y venden bastante bien.

De pronto nos encontramos con las mujeres de esta era: mujeres que ya pueden pensar en hacer una carrera y desenvolverse como parte activa de la sociedad sin tener como prioridad casarse y tener bebés. Mujeres que no solo pueden aspirar a ocupar una parte importante en la dinámica social, sino que de hecho lo hacen por derecho propio y orden natural. Mujeres con voz y voto. Pero siguen, me temo, discriminadas; y el machismo no termina de dejar de operar por muy poco que funcione. Mi postura aquí tiene que ver con el título del presente ensayo.

Lo incongruente del asunto es la paradoja de un machismo feminista donde las mujeres, al ser históricamente discriminadas en la sociedad, exigen equidad y pelean por derechos que las coloquen en el mismo nivel que los hombres. Y ante esto comienzan a darse “grandes pasos” en la búsqueda de equidad sexual: dependencias de gobierno en pro de los derechos de la mujer, asociaciones civiles para mujeres discriminadas, comercios específicos para la mujer, mercados específicos para la mujer, taxis rosas… ¿se alcanza a notar la incongruencia? En mi afán de demostrarte que apoyo la equidad sexual y estoy de tu lado, segregamos tu género en especificidades que te marcan como diferente PERO te dignifican. Tamaña basura. Asociaciones que ayudan a la mujer que es madre trabajadora, hija de familia responsable de sus hermanos o padres. No una dependencia que apoye a una mujer que estudie la Universidad o pretenda hacer algo más que no sea reproducir el modelo de Mujer para lo que las especificidades han sido creadas… No una dependencia que apoye a un individuo tal, cuyo criterio de selección no tenga que ver con genitales.

Fuera de las diferencias biológicas, hablando socialmente, yo creo que las personas por ser personas deben valer. Vomito todo discurso que se justifique en marcar diferencias “porque los hombres (X) mientras las mujeres (Y)” como generalidad. Y mientras no se vomite socialmente la segregación social –tremenda etiqueta- lo único que se está logrando es mantener el discurso de que hace falta un cambio sin procurar siquiera intentar cambiar el enfoque. Es muy simple: no podemos tratarnos como iguales mientras insistamos en repetirnos que somos tan diferentes. Es el feminismo una chaqueta mental fundamentada en un absurdo dominante (el machismo). Lo escribe un hombre que no cree en ninguna de las dos y así sea. Cualquiera de las dos valida a la otra; hace falta parar ya de tanta mierda.

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jueves, 26 de agosto de 2010

8. De Piratas, Mojados y Gobiernos Fracasados

(De "13 divertidísimas incongruencias sociales". Ver etiqueta...)
Los discursos sociales llegan y, en su movimiento, fundamentan las ideologías: esas formas de ser y hacer dominantes que determinan a cierta sociedad como diferente de cierta otra. En la acción social hay conductas que se representan como “inconvenientes” para el bien común del resto de la sociedad. Tienden, pues, a ser ilegales. Como el comercio de narcóticos (tabaco y alcohol, ¡oh fortuna!, exentos de la etiqueta), el tráfico de órganos, el asesinato pasional (y otros especímenes de asesinato). Pero también detalles no tan generales como la prostitución, la eutanasia, el aborto, la piratería, la inmigración o cítese-aquí-el-que-se-le-ocurra.

Por contravenir a convencionalismos sociales, las acciones ilegales se asumen como peligrosas (crímenes) y son perseguidas por el orden público para mantenerse a sí mismo. Cosa sana, si nos ponemos a pensar. Imaginemos lo frustrante que debe ser saber que la persecución de los malos del cuento, al sistema, le sirve tan solo en tanto tal: en la persecución y nunca en la reducción o el control del fenómeno. Como si las cosas malas fueran malas nada más para que la gente tenga sobre qué diseñar sus estructuras morales, tenga de qué hablar, tenga algo que querer solucionar. Y de solucionarlo, se acaba el juego y la cosa se pone seria. Nos ponen, pues, a jugar. Porque al Sistema no le gustan las cosas “serias”.

Viene a cuento, por ejemplo, la famosa piratería: distribución ilegal de productos (en este caso películas y álbumes musicales) por personas dedicadas a copiar masivamente y distribuir artículos por encima de los derechos de autor y permisos de distribución. Los dan, por supuesto, mucho más baratos que los originales y cada vez con una calidad más cercana a ellos. ¿Es mala? Digamos que sí: digamos que es un crimen que atenta contra la industria del espectáculo y bla, bla, bla.

Gobierno entonces se encarga de hacerle saber a la ciudadanía que la piratería es un crimen que se castiga con muchos pesos de multa e incluso alcanza prisión. La piratería es un delito entonces, está mal comprar películas piratas porque (aludiendo a la más barata y ridícula propaganda cursi y mocha) “las películas piratas se ven mal, pero tú como papá te ves mucho peor”. Chale, al menos pudieron hacer una campaña manipuladora menos pedante que el involucre de la imagen paterna… ¡pero funciona! ¿Funciona?

Siempre he defendido la idea de que en la educación de la sociedad está el cambio. Si se quiere acabar con el narcotráfico, conviene iniciar con educar a los compradores potenciales en vez de cazar a los distribuidores minoristas o mayoristas. Aunque el narcotráfico es tema de otro ensayo, úsese para ampliar la perspectiva del tema: en vez de tratar de controlar la adquisición de drogas, se quiere castigar su distribución. Matanzas, decapitados, ajustes de cuentas, miles de curiosidades que le dan en la madre a la inocente sociedad civil de por medio. No ha funcionado. Con la piratería se intenta lo contrario: el que está mal, el delincuente, eres tú: comprador de piratería, consumidor irresponsable. Controlemos el flujo de piratería educando a los compradores. Ok, cierto es que conviene modificar los mensajes con los que pretenden abarcar el problema, porque “tenemos un papá pirata” o el anuncio del cuate al que no le reciben su currículum por tener una peli pirata… bueno, no convencen del todo. Al menos no a su servidor y a otros con más dedos de frente.

¡La cuestión es que hay puestos de piratería en las calles! Personas del comercio informal que pagan sus impuestos y las rentas de un local que se dedica a exhibir y vender piratería. Y aunque el gobierno nunca cesa en su discurso de decir que la piratería es un crimen y que daña la sana estructura de una sociedad civilizada, pues tampoco parece poner mucho de su parte a la supresión del libre ejercicio de la ilegalidad en público. Gobierno incoherente para sociedad incoherente.

Multiplicado por miles, la inmigración es un fenómeno semejante. Abandonar tu país y entrar sin permiso en otro es traición a la patria. Estrictamente hablando, un indocumentado (¡ojo con el término!) perdería sus derechos de ciudadanía en el país que abandona y violaría la soberanía del país al que se cuela. Por eso se les dice “ilegales”. Y es –era, debía ser- un delito. El control de la inmigración es un fenómeno raro. Gobierno dejó de perseguir al delincuente, lo llamó paisano, y vela día y noche en las agendas del Ejecutivo por controlar dignamente el fenómeno de la inmigración. Que los dejen pasar sin hacerles daño, paisanos, que no se las armen tanto de tos. No sea así con un cabrón guatemalteco tratando de pasar a México, porque Migración acude a sacar a esos delincuentes parasitarios del suelo nacional a toda costa. En el sur está mal visto, de aquí pa’l norte está bien…

¿Por qué? Pues porque esos delincuentes mojados mandan dinero a México. Porque el comercio informal, aunque sea ilegal en ocasiones, hace que el dinero fluya sin consumir recursos de producción. Porque al gobierno le conviene. Entonces lo incoherente es seguir insistiendo en el discursito de la peligrosa ilegalidad donde, si uno se sienta a escribir en torno a tal, el gobierno solo termina apareciendo como incompetente en el control y fracasado en el intento. Frustrante ir jugando a tener crímenes que se yerguen como males necesarios, que se representan como “Guatemala” ante “Guatepeor”. ¿Pero qué hacerle? ¿Sigue estando mal, o el que está mal es uno? Las cosas que hay que ver…

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miércoles, 28 de julio de 2010

9. La Universidad es para los Caballos

Uno puede, gracias al ejercicio de nuestra libertad de expresión, manifestar sus opiniones y argumentos sobre cuánta cosa le venga a bien hacerlo. Incluso (y para bien de muchos) uno puede expresar sus opiniones, la expresión más baja del pensamiento, pese a no tener conocimiento pleno de las cosas de las que está hablando. Un servidor abusa de ese recurso en numerosas ocasiones, apelando también a la facultad de que el conocimiento pleno no siempre es necesario para que lo dicho diga algo, o algo signifique. Sobre todo en materia de ciencias sociales, en que la subjetividad de los participantes permite un rango más amplio en los criterios para manifestar las particulares ideas de la dinámica social. Es decir: cada quien tiene derecho de entender al mundo de cierta manera de acuerdo con las construcciones mentales que del mundo haga y, sean cuales sean, tiene el mismo derecho a expresarlas.

Pero hay ideas que por convencionalismo social se arraigan en las sociedades como su esencia; y cuando uno manifiesta opiniones adversas al respecto, se sabe (porque se sabe) que puede estar metiéndose en líos. No es lo mismo, digamos, hacer una crítica contra los inútiles programas de “bacheo” que el gobierno realiza inflando presupuestos al borde de lo asqueroso, que realizar una crítica de la igualmente ridícula estructura familiar de la sociedad mexicana. Al hablar de la Familia, la respiración se contiene un instante. El instante en que sabes que estás tocando cosas a las que tienes derecho de tocar, pero que no deberías. Autocensura social tácita; que aunque sea un tema harto interesante, no es de lo que este ensayo trata. Sírvase tan solo de introducción.

La educación en nuestro país es otro de esos temas de cuidado. Me explico: no es un secreto para nadie que la mayoría (por no decir todas) de las problemáticas sociales –corrupción, contaminación, vialidad, delincuencia y etcétera – devienen de un problema de la educación, su regulación e implementación por el propio Sistema. Hablar de las reformas que el sistema educativo debería tener para representar un impacto positivo en el devenir social es un tema recurrente y hasta cierto punto sencillo. Basándose en la premisa de que la educación es siempre necesaria. Contradecir esta última idea es meter la lengua al fuego; o la letra como es mi caso.

Uno debe estudiar el kinder, la primaria, secundaria y preparatoria (o bachillerato) para considerarse que tiene los estudios básicos. Mínimo necesario. Y nos brincamos el gran párrafo que hablaría de los pormenores que hacen de esta educación básica una mala inversión desde su programación y operación, para pasar a la educación “superior”: el meollo de esta indagación.

Después de la preparatoria se sigue la Universidad. La carrera para obtener un título de licenciado, ingeniero, arquitecto o tal. El primer problema es que en este país la noción es que INMEDIATAMENTE después de la preparatoria se DEBE acceder a la Universidad. Más letras al fuego: en un país donde la estructura familiar parece estar diseñada para criar parásitos y no entes productivos, el nicho familiar se transforma (en un buen número de casos) en un microcosmos insuficiente para ofrecer al individuo una perspectiva real de su orientación vocacional. Un gran número de estudiantes de bachillerato llegan a tercer año con la obligación de elegir una carrera aunque no tengan en claro su vocación porque (puede ser): a) no tienen en claro al mundo ni su función en el mundo fuera de las paredes hogareñas y lo que éstas le han dicho al respecto; o b) presión de los padres, herederos de la carrera de sus padres, y a su vez y a su vez… y basan su estudio vocacional en sus gustos y talentos, sus aficiones y demás, sin contemplar el espectro social en que opera cada carrera; y en fecha límite ingresan a la Universidad. Segundo problema –luego entonces-: altísimos índices de deserción escolar.

¿Qué tal un modelo europeo, en donde el estudiante al terminar su educación básica se toma un año sabático para viajar o conocer el mundo, y su ingreso a la Universidad se da cuando de verdad el individuo está conciente de su vocación y su función social?

Eso en tanto al momento de entrar a la Universidad. El momento de salir, amigo lector, es donde aparece la parte inusual del conflicto. Se sigue pensando que un título universitario representa una ventaja competitiva en la búsqueda de empleo. Y actualmente (a los hechos me remito) eso es una falacia. ¿Por qué? Porque en este país CUALQUIERA PUEDE SER LICENCIADO. Con 4 años de media chinga, suficiente dinero para pagar una escuela y un poquito de suerte, todos pueden ser titulados. Las escuelas son más un negocio que un organismo social, y un título no significa nada a nivel competencia laboral. Tiene trabajo y opciones el que tiene experiencia, el que inició a chingarle en la vida real desde segundo semestre y no el que tiene un título con mención a las buenas notas. El ritmo de la vida es así: los trabajos freelance y la administración del tiempo libre están resultando una mejor fórmula para producir que el modelo de empresa-empleado, tan infame ya. (Y pese a lo que digan Pepe y Toño...)

Conviene saber hacer las cosas, no saber las cosas que se hacen. Conozco en mi círculo social a personas que trabajan estable, ganan fijo y ganan bien (o ganan mejor), y muchos a penas tienen la prepa. Uno de esos amigos sentenció un día el título de este ensayo. Nunca me explicó por qué; tal vez ni siquiera él sabría por qué, pero me puso a pensar. Y a escribir. Y a pensar un poco más, sin contener el aliento.

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domingo, 4 de julio de 2010

10. Que le llaman Autoestima

(De 13 divertidisimas incongruencias sociales. Ver etiqueta...)
El cristal con que miro la Vida cambió (para ser lo que es ahora) desde el preciso momento en que me familiaricé con el concepto “sociedad de consumo”. Entonces la sociedad y su movimiento perpetuo, que siempre en la experiencia me ha parecido un movimiento absurdo y acelerado, empezó a tener sentido. Sentido, claro, a partir del consumo mismo; lo que para mí sigue siendo ridículo pero – mire qué cosa – enormemente interesante y a ratos hasta divertido.

Porque es innegable que la “sociedad de consumo” ha definido el ritmo de la vida y la gente. Es un sistema que infiere en la cultura de las personas, en su arte, su ciencia, su religión… y nadie puede hacer nada para solucionarlo porque, de hecho, no hay nada que solucionar. Es el ritmo natural de la dialéctica histórica. Baste con observar y apuntar anotaciones cotorras de los fenómenos que produce para saber sortearlos de la mejor manera. Y basta ya de introducción, pasemos a lo que sigue.

Hace apenas algunos siglos, la adolescencia no existía. Los seres humanos pasaban de la niñez al estado adulto inmediatamente, sin tener que sufrir la etapa de trastornos de la personalidad que actualmente tanto cuidamos: los reyes eran reyes desde los 12 o 14 años (recuerdo: no soy historiador ni psicólogo, nada más escribo para llegar a un punto; así que evitemos los purismos y las reclamaciones innecesarias) y las mujeres se casaban también de esa edad aproximada. El promedio de vida podía ser de 30 o 35 años. De modo que la adolescencia se inventó en fechas relativamente recientes, podría ser desde el XIX, habrá que documentarse…

El punto es el mismo: las sociedades se mueven y crean la adolescencia con todos sus atributos y pormenores. Hay gente en comunidades rurales (todavía) en que una niña de 14 años es perfectamente capaz de realizar labores domésticas, cuidar a su familia, su hogar, su tierra. Incluso, son perfectamente capaces de soportar condiciones climáticas inestables, o parir y criar a sus hijos. Y son felices… hasta que se les pone en comparación. Porque hay sociedades urbanas (muchas todavía) en donde una niña de 14 años es un ente indefenso ante las adversidades del mundo que necesita trato especial: toallas sanitarias especiales, jabón para los barritos, ropa de cierto color para el verano o para el invierno, shampoo teen, tenis teen, cine teen, fiestas teen, celular teen… porque las adolescentes aquí están en una etapa de su vida en que no están preparadas para vivir. Hay que hacerles un mundo teen.

No uso a “las” adolescentes con exclusividad. El fenómeno es el mismo para “los” adolescentes, y de hecho a lo que el punto desemboca es igual para adolescentes, niños o adultos. ¿En qué punto la niña rural de mi ejemplo no puede ser feliz? En la comparación, claro, con la niña urbana del mismo ejemplo. La que vive en TeenWorld es más feliz porque la sociedad de consumo se lo ha permitido. Y para ello, se inventó una palabreja que funciona como axioma en la vida moderna: le dicen “autoestima”.

Puede que una niña de 14 años en el pueblo pueda sonreír a pesar de tener que trabajar el campo cargando a su bebé y checando la comida para cuando llegue su marido. Pero no es feliz ¡oh no!, no puede ser feliz porque tiene 14 años, y a esa edad uno no debería ser mamá ni esposa ni trabajadora del campo. Cuando le expliquen, seguramente se dará cuenta de lo terrible que es su existencia y sentirá la necesidad de cambiar su estilo de vida para mejorar su autoestima.

¡Y esa es la trampa por fin! La sociedad de consumo se vale de la noción de ‘cuidar el autoestima’ para perpetuar su existencia. Para que puedas cuidar tu autoestima, primero debes sentir tu autoestima dañado. Y lo dañan porque es necesario que lo arregles. Así, un bombardeo de ideas y productos se mueven entre nosotros para recordarnos que debemos ser felices y sentirnos bien con nosotros mismos, PERO no podemos ser felices ni sernos suficientes. Se trata de buscar la manera de intentarlo, pero está prohibido lograrlo. Porque de lograrlo, ya no necesitaríamos comprar el deportivo que nos hará sentirnos mejor que el carrito que a penas tenemos, ni será necesaria la cajita feliz de McDonals, ni habrá por qué bajar esos 10 kilos que te faltan para ser la Barbie que siempre te han dicho que has querido ser. Tu novio o novia están bien, funcionan. Pero para que sea Amor, lo que se dice Amor, debe ser como Edward Cullen o Princesa Disney. Si no es perfecto como los modelos enésimamente repetidos por el sistema, entonces cuidado: estás incompleto, tu autoestima corre el riesgo de ser pisoteado.

Y si no, si tu autoestima está bien incluso al margen de los preceptos del consumo y sus maravillosos inventos, entonces se debe a que tienes algún desorden mental, una anormalidad social; o de plano es porque eres conformista: uno de los peores demonios que persigue esta sociedad emprendedora. Juegan con tu desarrollo vital de la misma manera en que se juega, por ejemplo, con la noción de “calentamiento global” (la nueva primicia en la onda de la manutención de la sociedad de consumo). ¿O no es incongruente que se les den premios sociales a las empresas grandes que apoyan las campañas de reciclado y cuidado al medio ambiente? Las mismas que se encargan de llenar de botellas la ciudad. Un montón de basura que, por ser reciclable, se gana los aplausos de sus consumidores, todos ellos a la vanguardia en el cuidado ambiental…

Yo creo en la aceptación de la Vida y de uno mismo y de todos los demás. Por mucho que insistan, no creo en lo que llaman “autoestima”. Ya es cosa de cada quien.

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domingo, 13 de junio de 2010

11. Fábula del Peatón Agradecido

Esta es la ciudad, y se divide en conductores y peatones. Los unos, medio forzados por las distancias y los tiempos cada vez más superpuestos al orden del caos que hace a la ciudad Ciudad, se ven en la necesidad de tener un vehículo automotor que facilite las cosas. Los otros, aunque quisiéramos, no llevamos auto.

No es fácil para ninguno de los dos “especímenes” el movimiento constante y fluido en la orbe. Conducir un auto, de repente, saca lo peor de uno mismo: el tráfico intenso, los semáforos caprichosos, los oficiales de tránsito que fastidian más de lo que ayudan, las manifestaciones, los embotellamientos, el estúpido de enfrente que no arranca lo suficientemente rápido cuando le dan el verde y se hace acreedor a una serie de silbidos de claxon; los camioneros haciendo abuso de poder, las estacionadas en doble fila, los que dan vuelta desde el carril incorrecto, los limpiaparabrisas necios, los baches, los mecánicos rateros, los rateros en general, los autos más rápidos que te retan a arrancones y ponen a prueba la virilidad propia, y todo lo demás. Todo se vuelve estrés y más estrés para los conductores, y las calles se saturan de mal humor y cláxones desenfrenados.

Y los peatones: pues lo mismo, pero desde abajo. Y además de lidiar con todo ello, también lidiamos con el conductor estresado multiplicado por millones.

Vamos a ser muy claros: tener un auto no te hace ni mejor ni peor ciudadano. Es decir que peatones y choferes tenemos el mismo derecho de emplear el espacio público en igualdad de condiciones. Sin embargo, para quien va sentado tras el volante, le parece evidente que tiene más derechos o (de hecho) más poder sobre los otros tantos que no lo tienen. Incluso a veces sobre los que tienen otro auto menos potente, grande, bonito o caro. La realidad es que el estrés y el caótico día a día de las calles de la ciudad se origina en la falta de educación vial. Los automovilistas no parecen estar dispuestos a respetar una regla intuitiva de civilidad básica, fundamentada en el respeto (mínimo necesario) y el sentido común. Pero eso es algo ya decidido, algo que todos sabemos (lo que me causa risa, ya entrado en materia, es darme cuenta que todos nos damos cuenta de ello y la acción más recurrente es simplemente decirnos “chin, sí está del asco” y seguir padeciendo diario). La parte que encaja en esta serie de Incongruencias viene precisamente de lo mismo pero desde el otro lado: la falta de educación vial de los peatones.

El vehículo es el peligroso. Si uno pasa tranquilamente por la calle y un conductor irresponsable decide acelerar para ganar un amarillo tardío, el riesgo de daño entre tu cuerpo y su defensa (inclusive que su posterior proceso legal) no es equiparable. Sale perdiendo el peatón. Pero hay una opción: cruzar por el paso de cebra. Para aquellos peatones que acostumbran ahorrar tiempo cruzando la calle por donde se deje, el famoso “paso de cebra” es como se le conoce a ese espacio en las esquinas de las calles que están pintados con diagonales y nada discretas líneas amarillas o blancas, y que tienen por finalidad establecer un espacio por donde el peatón debe cruzar tranquilamente sin riesgo de ser atropellado por un conductor distraído.

Ahora bien: si los automovilistas respetaran el paso de cebra, la cosa tendría sentido. Pero la fábula del peatón agradecido es un fenómeno más bien general. Un tipo pasa por el paso de peatones, y un auto se detiene justo detrás de la línea. El peatón pasa frente al vehículo y, con una característica mueca con la mano (palma arriba, casi de frente a la cabeza, inclinada levemente hacia arriba al tiempo que la cabeza se agacha sencillamente) agradece al automóvil su cortesía. ¿Por qué agradecer al conductor algo que debería hacerse por un mínimo sentido de civilidad? Valdría la pena agradecer a un vehículo que se frena a punto de volverte mermelada por cruzar una avenida desde el centro, toreando al destino como suele hacerse de este lado del mundo (del otro no sé). Pero agradecer a un vehículo que de por sí tendría que respetar el paso peatonal – PEATONAL, de peatón, el que no tiene auto – habla de que la educación vial no solo no es acatada por los automovilistas, sino que además es nulamente exigida por los peatones. Y eso es lo peor del asunto.

Pareciera que el peatón agradecido es un ente que se mueve por la ciudad gracias a que los vehículos y sus conductores se lo permiten. Cruzas la calle por que te dan permiso, viajas en la ruta X porque el chofer te está haciendo un favor, no te han atropellado porque tienes mucha suerte, o porque te han tocado conductores benévolos. Pero no es así. No es así. La educación vial también es cuestión de los de abajo. Si el chofer del microbús va manejando cual cafre, debemos entender que no nos podemos quedar callados y decir “ni modo”, porque no nos está haciendo un favor. El transporte público es un servicio que pagamos por usar, y tenemos el derecho de exigir que se de un servicio adecuado. No agradecer a quien te da el paso en el cruce peatonal, antes exigir que el que rebase la línea no invada el espacio destinado al peatón. Eso es educación vial, y no se va a reflejar hasta que los que estamos en desventaja empecemos a exigir que se refleje.

No soy idiota: sé que no es fácil reeducar a todo el sistema vial. Solo sugiero que, como peatones, aprendamos a respetar la vialidad y – después – exigir que seamos respetados en la misma medida. Nada de ser agradecidos con los otros, nada de decir “chin, sí está del asco”. Se trata, como se dijo al principio, de ir igualando condiciones.

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domingo, 6 de junio de 2010

12. Todos Somos Michael Jackson


“Carencia de memoria histórica”. Con este diagnóstico se condena al cotidiano de este país de genios y bufones. No es un secreto para nadie y, lo peligroso, es que de a poco esta noción de “memoria histórica” se acerca peligrosamente a un concepto que se pone más y más de moda entre los habitantes de por-acá, amenazando con reducir el riesgo de su implicación social para ser usado indiscriminadamente por las mayorías (esas, esas precisamente, que son las que forman parte del meollo de la carencia misma).

De la mano del cáncer viene el tío Mainstream Media: ese tentáculo horripilante que hace, dice y calla los contenidos a los que nosotros, ciudadanos medianamente responsables y tal, tenemos o no acceso. Una enorme jeringa de “ablandapendejos” que provoca la amnesia histórica de a poquito, y que además no se cansa de hacerlo; y que además puede presumirlo. Y por incongruente que parezca o sea, a pesar de saberlo, lo toleramos. Y a pesar de tener que tolerarlo ¡pareciera que lo pedimos a gritos!

Y para no atorarnos bocados demasiado grandes, desmenucemos platillos pequeñitos para ver de qué manera funciona: funciona lo que vende, se vende lo que la gente compra y lo que no compra porque no funciona, se vende de todos modos. Todo es cosa de impactar a suficiente gente con suficientes repeticiones de mensajes determinados durante suficiente tiempo y ¡Voilá! De pronto todos somos Michael Jackson.

¿Michael Quién? Jackson, ese Peter Pan negrito que a costa de irse al diablo se quiso volver blanco; y que además bailaba que daba gusto y hacía espectáculos monumentales. Un tipazo, Michael Jackson. Pero de pronto, como suele suceder, la farándula se hace más grande (y más pálida) que el artista y ¿cómo decirlo?... Pues todo por servir se acaba. La era de Jackson pasó, la música y el mundo decidieron seguir girando y al buen Michael no le quedó más que seguir existiendo en los tabloides a partir de los esporádicos escándalos que pudieran ocurrir de vez en vez (a ratos por la Vida misma, y a ratos por el excelente equipo de publicistas que este tipo de artistas llegan a conseguir). Y se vuelve uno carroña, verdad de Dios.

Se pronunció la palabra “pederasta”. Y cual buitres, los tentáculos del Mainstream devoraron hasta hartarse. Y se provocaron el vómito y siguieron tragando hasta hartarse de nuevo. Todos los medios especularon, se hicieron entrevistas, reportajes: Michael Jackson era la peor escoria que el espectáculo podía heredar a la inocente sociedad civil. Y Jackson se volvió otro emblema más del diablo. (Cuando se quiso redimir, tuvo a bien enseñar a su bebé a la prensa… desde un balcón. Y va de nuevo…)


Punto y seguido. De entonces a hace escaso tiempo, lo que quedaba de Michael era la buena música que dejó y el estigma del desnarigado pederasta en parodias televisivas y cinematográficas. Años y años de ser parodia y tabú. Y de pronto, por su propio bien ¡se muere! Y los medios, los mismos (los mismos pero los mismitos) que años antes habían devorado las entrañas del escándalo, ahora lo elevaban al nirvana. “¿Pederasta? ¡¿Cómo creen?! ¡Si era un santo! Sí le gustaban los niños, pero no en el mal sentido…”

Y de pronto, meses enteros no se puede hablar de otra cosa que del sensible fallecimiento de este héroe moderno: reportajes, entrevistas, especiales… incluso (¡hay que ver!) una película romperecords en los cines del mundo entero. Jackson volvió a ser lo que era, pero inmaculado y exonerado de toda mancha original por los mismos que, años antes, no cesaban de ensuciarlo. Sus videos en Youtube alcanzan más de 4 millones de visitas en tan solo 3 días desde su muerte. Los niños de México, que tal vez nunca habían sabido nada de él por las distancias generacionales, de pronto están cantando Beat It y coleccionando los 4 álbumes conmemorativos (álbumes de estampitas, no nada más producciones discográficas) a la muerte del “rey”.

¿Y qué tiene que ver Jackson con México? ¿Por qué nuestros jovencitos lamentan con tanto fervor y devoción a un fulano que no pasa de ser un talentoso artista (eso es indiscutible), aunque no tenga nada que ver con su contexto? Todos somos Michael Jackson. Y no es un atentado contra “el rey”, sino contra los jóvenes que hacen parte de los medios. No contra los medios, sino contra quienes los validan. Porque funciona. ¿Por qué funciona?

Gloria Trevi está trabajando en Televisa, la empresa que no se cansaba de despedazarla en el clan Trevi-Andrade. Sus revistas de chismes y sus programas le dedicaron joyitas de mierda cuando era necesario sobajarla; y lo hicieron hasta los límites del absurdo. Por ahí se decía que tenía vínculos narcosatánicos (¡madre de Dios!) y enterraba fetos y hacía abortar a sus inocentes jovencitas victimadas en honor a la fama. Y de eso ya no nos acordamos (muchos jovencillos ni siquiera se enteraron) porque ahora los mismos medios la ponen en el radio y los otrora detractores corean en los antros las melodías de Santa Gloria Trevi. Paco Stanley y su patiño, Colosio, Britney Spears, Mario Marín, personajes varios... ¿por dónde habría de seguirle?

La memoria de este país es como de plastilina, así de moldeable. Actualmente, todos somos Javier Aguirre (algunos son Moreno Valle o López Zavala) y vamos tratando de ser un México orgulloso de su bicentenario bajo el eco imperturbable de un himno nacional que a mí me sigue sonando a Thriller… no sé bien por qué.

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domingo, 30 de mayo de 2010

13. Las Nalgas contra el Xbox

(De "13 divertidísimas incongruencias sociales". Ver prólogo en la etiqueta "incongruencias")

Érase una vez un profesor de una escuela primaria privada (no sé, digamos: yo) que en una clase común y corriente con niños de 3er año comete el error de decir en voz alta la palabra “nalgas”.

Acto segundo: la voz se corre como fuego en línea de pólvora: “¡el profesor dijo “nalgas” en una clase!” -> “¡El profesor dijo que los niños nalguearan a las niñas, y lo hicieron” -> “¡El profesor nalgueó a una niña!”… (oh sí: suena ridículo, pero así fue como sucedieron las cosas, y es verídico)

Tercer acto: una fila de madres de familia, incluso aclarado el meollo del asunto, presentan sufridas quejas con la prestigiosa escuela y su irresponsable profesor de teatro. Les resulta inconcebible que un patán del tamaño de su seguro servidor sea el encargado de educar y formar a sus retoños. ¿Cómo puede un ente tan despreciable estar enfrente de un grupo de niños (que son el futuro del mundo)? ¿Cómo estar tranquilas como madres sabiendo que dejan a sus hijos en manos de un individuo de tan pocos escrúpulos? Es peligroso. El profesor es peligroso: dijo “nalga”, y eso no se hace porque trastorna a los pequeños, los puede traumar, les arruina el dulce y meloso sabor a inocencia de su tierna infancia.

Suficiente sarcasmo. A los hechos de nuevo: sí, dije NALGAS en un salón de 3º. Y sí: no debí haberlo hecho, mucho menos siendo el profesor encargado. No es correcto. Sin embargo, insisto en pensar que la reacción fue exagerada. Y escribo lo que aquí escribo porque lo vi de frente: en verdad las madres de familia se presentaban con preocupación y enfado verdaderos. De verdad creían en la fatalidad del caso de una manera inusitada, de verdad preocupadas y hasta angustiadas, movidas por un infinito amor maternal que nubla la conciencia de las obviedades. Porque es claro que resulta sencillo ver la paja del ojo ajeno, o para que se entienda mejor: es más fácil ver la culpa cuando viene de terceras personas.

Porque lo que este grupo de mamás responsables y preocupadas por la integridad de sus hijos (sano ejercicio) pasan por alto, son cosas que - en mi mismo rol de profesor de su prole - también me ha tocado ver. El hecho, por ejemplo, de que conozcan y practiquen libremente todas las llaves de los luchadores de la WWE, cuyos nombres conocen mejor que los de los estados del país o los de los niños héroes. O esa tristísima anécdota de tantos alumnitos que pasaron sus vacaciones jugando Xbox. Tristísima por dos razones principalmente: porque pasaron sus vacaciones haciendo exactamente lo mismo que hacen cada tarde; y porque la anécdota te la cuentan con una sonrisa gigantesca.

Vamos, no soy del tipo de los que dicen que la televisión y los videojuegos son inventos del miso diablo y lastiman a nuestros niños. Nada más me resulta irónico el hecho: las madres de familia del cuento que estoy contando son capaces de venir encima de mí cual turba enardecida por el tipo de mensajes que hago impactar en las infantes mentes de sus hijos, mientras que en casa el pequeño en cuestión pasa en promedio 3 horas diarias jugando juegos de violencia extrema y contenido explícito. Tal vez ese tipo de juegos no preocupan a mamá porque no dicen la palabra “nalgas” (o la dicen en inglés, y total que a su edad todavía no entienden el inglés) (o mamá no entiende el inglés y no se ha dado cuenta de la palabra prohibida…) pero el niño está siendo impactado por la importante misión de entrar a una casa llena de zombies y descuartizarlos a balazos de escopeta; o encontrar a sus compañeritos en línea en un campo militar y matar a la mayor cantidad de los mismos. O ser un mafioso en San Andreas o Liberty City y robar autos, matar prostitutas, vender droga y lo que sea necesario para ser el rey del barrio y cumplir las misiones.

“Es solo un juego”. Lo sé. Pocos se dan cuenta de lo difícil que resulta, por ejemplo, que los niños construyan una historia de teatro en clase si se les pide que no contenga violencia. La violencia es parte de su cotidiano, adquirida por películas, programas de TV, videojuegos, Internet, guerras contra narcos (y decapitados en las calles incluidos) y un mundo que está ahí y está así de por sí. Mamá debería prestar atención a los mensajes que en su casa se permiten, que bombardean a sus pequeños en su casa, enfrente de ellas. Las cosas que ven y dicen y hacen mientras mamá está chismorreando de importantes cuestiones con la vecina, o mientras se está poniendo de acuerdo con la mamá del amiguito de su hijo para formar un reclamo importante contra el profesor de teatro.

Se llaman Nalgas. Así se les dice, así les decimos. Y no quiero que los niños dejen de jugar lo que juegan y ver lo que ven, no sería yo mismo si sugiriera semejante cosa. Tampoco culpo al Xbox de que haya violadores o “nalgueadores” de 8 años rondando por ahí. Aquí la cuestión es caer en la cuenta que la educación de la gente no se hace toda en la escuela. De hecho, yo diría que en la escuela más corregimos la conducta que los alumnos traen, antes que formarla o imponerla. Y ciertamente es fácil culpar a los docentes de las cosas que no nos gustan. Esto no sería incongruente si no se pasara por alto la responsabilidad que se evade en el cotidiano familiar del alumnejo. Así que por favor, madre de familia: la próxima vez que desee armar un pancho por sentir violada la seguridad emocional de su hijo, piense primero en las cosas a las que éste puede estar siendo expuesto en su propio nido. Y sí: su hijo también dice Nalgas, tal vez más de lo que usted o yo queremos pensar…

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13 Divertidísimas Incongruencias Sociales

PROLOGO

"Trece Divertidísimas Incongruencias Sociales" es una recopilación de 14 pequeños escritos sobre absurdos del cotidiano en esta ciudad, tal vez en este país, y tal vez también en este mundo completo. No lo sé porque los he escrito por mero entretenimiento, buscando ofrecer un punto de vista amorfista sobre cosas que van pasando aunque no deberían pasar en un entorno, digamos, más saludable (o más cercano al sentido común).

Se trata de ser un poco ácido, tantito sarcástico, pero puntual en situaciones bien sencillas. Quise quitarme de autores y libros y describir los fenómenos de la manera más cotorra posible. Como lo haría en una conversación cualquiera con cualquier otra persona. Harían falta los comentarios de los lectores para convertir el ejercicio en una conversación verdadera y darle validez al esfuerzo.

De momento, me conformo con que lo lean y sonrían o fruncan el cejo. Somos parte de esta sociedad y sus incongruencias; tal vez más que de sus aciertos. Yo solo escribo lo que pienso para que alguien más piense lo que escribo. Amén.

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