domingo, 31 de octubre de 2010

7. Falsa Paradoja del Machismo Feminista

(De 13 divertidísimas incongruencias sociales, ver etiqueta...)

De las ideas redactadas en la compilación que me ocupa, esta es la que más trabajo cuesta escribir. ¿Cómo abordar en dos cuartillas un tema con una complejidad del tamaño de la Historia y tan antigua como tal? Polémica de por medio, mi respuesta es simple: escribir lo que alcance en dos cuartillas y lo demás dejarlo para la discusión atropellada. Sin más.

La figura de la mujer en la sociedad ha cambiado mucho, pero es cierto que su movimiento se ha visto siempre como un movimiento subordinado o inferior al del hombre como género. “Como si la mitad femenina del mundo fuera una minoría”, escribió una vez Galeano (me parece) y escribió acertadamente. La discriminación a la mujer es un fenómeno bien difícil de estudiar y de seguir; de opinar y sostener. Si ha de hacerse bien, tendría que ser desde la mujer misma pero pasa algo: el discurso se feminiza y sale más caro el caldo que las albóndigas. Explico.

Siglos y siglos de machismo y discriminación sexual desembocan en el movimiento feminista cuyo discurso, al tiempo, va perdiendo vigencia. La búsqueda de un respeto individual de la mujer como ser humano independientemente de su sexualidad suponía la supresión del machismo como mecanismo idiosincrático dominante: equidad de género. Igualdad de condiciones sociales. Iguales oportunidades basadas en la capacidad de la persona como persona y no en si tiene senos o testículos. Pero el discurso se hizo moda y entonces no se trató de encontrar un “mujer=hombre” en términos sociales, sino un “mujer>hombre”. Discurso estúpido en un sistema todavía (triste: todavía) falocéntrico, por usar una palabra rimbombante tras no querer ser yo quien diga “regido por hombres”.

La moda del discurso feminista comienza por hacerse patente en las mismas ideas de emancipación sexual, pero digeridas en un “soy mujer y no necesito hombres” “soy mujer, autosuficiente y siempre subestimada” “soy mujer y soy un ser superior”… Llegando a lo que personalmente defino como ‘generación Bitch’. Una generación de jóvenes y adolescentes que se jactan de ser perras: de ser mujeres que dominan, manipulan, triunfan por encima de toda opinión sobre ellas, para bien o para mal. En mis tiempos ser una perra era ser una puta. De pronto ser una perra es la onda. ¿Que los hombres pueden andarse tirando a 10 viejas si quieren? ¡Pues las mujeres podemos con 15 pendejos! Al final y para no hacerme el cuento largo, el discurso feminista se deformó hasta perder vigencia por la obvia razón de que fue dejando de apelar a una esencia de equidad sexual y se convirtió en una guerra de juguete. Una competencia innecesaria.

De forma que el fenómeno social de la posición femenina en el sistema social ha vuelto al discurso de equidad sexual por orden natural, dejando solo una estela de feministas confundidas, discursillos gastados y grandes corporaciones haciéndose ricas por la guerra inexistente. Porque los productos que manejen un enfoque de ser parte de la diferencia que te hace a ti, mujer, un ser superior, venden. Y venden bastante bien.

De pronto nos encontramos con las mujeres de esta era: mujeres que ya pueden pensar en hacer una carrera y desenvolverse como parte activa de la sociedad sin tener como prioridad casarse y tener bebés. Mujeres que no solo pueden aspirar a ocupar una parte importante en la dinámica social, sino que de hecho lo hacen por derecho propio y orden natural. Mujeres con voz y voto. Pero siguen, me temo, discriminadas; y el machismo no termina de dejar de operar por muy poco que funcione. Mi postura aquí tiene que ver con el título del presente ensayo.

Lo incongruente del asunto es la paradoja de un machismo feminista donde las mujeres, al ser históricamente discriminadas en la sociedad, exigen equidad y pelean por derechos que las coloquen en el mismo nivel que los hombres. Y ante esto comienzan a darse “grandes pasos” en la búsqueda de equidad sexual: dependencias de gobierno en pro de los derechos de la mujer, asociaciones civiles para mujeres discriminadas, comercios específicos para la mujer, mercados específicos para la mujer, taxis rosas… ¿se alcanza a notar la incongruencia? En mi afán de demostrarte que apoyo la equidad sexual y estoy de tu lado, segregamos tu género en especificidades que te marcan como diferente PERO te dignifican. Tamaña basura. Asociaciones que ayudan a la mujer que es madre trabajadora, hija de familia responsable de sus hermanos o padres. No una dependencia que apoye a una mujer que estudie la Universidad o pretenda hacer algo más que no sea reproducir el modelo de Mujer para lo que las especificidades han sido creadas… No una dependencia que apoye a un individuo tal, cuyo criterio de selección no tenga que ver con genitales.

Fuera de las diferencias biológicas, hablando socialmente, yo creo que las personas por ser personas deben valer. Vomito todo discurso que se justifique en marcar diferencias “porque los hombres (X) mientras las mujeres (Y)” como generalidad. Y mientras no se vomite socialmente la segregación social –tremenda etiqueta- lo único que se está logrando es mantener el discurso de que hace falta un cambio sin procurar siquiera intentar cambiar el enfoque. Es muy simple: no podemos tratarnos como iguales mientras insistamos en repetirnos que somos tan diferentes. Es el feminismo una chaqueta mental fundamentada en un absurdo dominante (el machismo). Lo escribe un hombre que no cree en ninguna de las dos y así sea. Cualquiera de las dos valida a la otra; hace falta parar ya de tanta mierda.

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martes, 14 de septiembre de 2010

¡(Sobre)Viva México!

A más de un año de parafernalia y propaganda nacionalista por motivo del bicentenario, quise esperar lo más posible antes de escribir mi pesimista punto de vista sobre las formas de nuestra celebración. Esperé hasta el mero día, como desilusionado porque a la fecha lo escrito será una repetición formal de lo que se ha vuelto tristemente evidente.
Y es que ¿qué significa ser mexicano? Haber nacido en algún lugar geográfico entre Guatemala y Estados Unidos; así nomás. A quitarse de encima el choro de que el mexicano es cabrón, de que es chingón, de que se burla hasta de la muerte. A quitarse el choro aquel de la solidaridad y de la gente bonita; de la gente luchona que no se rinde, del "sí se puede", del "a tener lo que se deba aunque se deba lo que se tenga". La verdad es que no somos así. La verdad es que el atributo mexicano palpable es el de la cultura que nos ha traído aquí, donde la peligrosidad radica en nuestra alta capacidad para creer en "chaquetas mentales".
Somos solidarios, sí. Pero parece que necesitamos de un temblor que nos parta la madre para serlo y, cuando lo somos, nos podemos revolcar 20 años de 'crema al taco' porque lo fuimos y hacerlo patente de nuestra identidad nacional. ¿Qué queremos celebrar? Ciertamente no dos siglos de autoconvencernos de ser independientes, que si cien años después del primer 15 de septiembre se hizo necesaria una revolución fue porque algo andaba mal; y cien años después de esa mala revolución hay puente de 4 días y "Jetta Bicentenario". Y sin embargo, no importa qué tanto orgullo se haya logrado vender, México puede seguir diciéndose independiente pero no deja de saberse -de sentirse- que las cosas siguen mal. Y si las cosas SIGUEN mal entoces quiere decir que las cosas ESTAN peor.
Mi país es un país que no funciona. Un país donde querer hacer las cosas bien representa, cuando no una imposibilidad burocrática, una imposibilidad general. Es un país de corrupción, es un país de Televisa, un país de pasarse el alto y mentar madres. Es este un país de volarse el cambio, de ensuciar calles y rayar paredes; es un país del año de Hidalgo. Un país que no lee pero publica cada logro en la erradicación del analfabetismo; que sabe menos de impuestos que de escándalos de Lucerito. Donde una guerra entre Gobierno y Narco termina en empate por puro autogol. Lo sabemos porque si algo hay de triste en esta sociedad patria, es el morboso gusto de quejarse de México sin hacer nada al respecto porque nos gusta quejarnos o, en el peor de los casos, porque juega la selección o porque con el otro partido "nos iría todavía peor".
No importa en que "chaqueta mental" decida usted creer para no sentirse herido, la realidad está en todos los días que son y han venido siendo fuera del discurso del mentado bicentenario; fuera de la etiqueta que nos distinga como raza; fuera de la construcción mental del México lindo y querido. En bruto, como sociedad y como nación y como humanos, nos celebramos por mediocres y es un tributo a la insuficiencia y a la mediocridad.
Urge un cambio. Un cambio de actitud. Un cambio de iniciativa que no dependa de la Iniciativa México. Urge un cambio entre la banda con y para la banda. Urge un cambio desde adentro que se está dando y se nota, que algunos lo están (lo estamos) dando. Un cambio donde no haga falta un quince de septiembre para celebrarnos como nación aunque se haga entre colonos. Urge un cambio que el gobierno -a las pruebas me remito- simplemente no puede/no sabe/no quiere dar porque está de inicio mal planteado. Urge una revolución.
Ojalá después de embriagarse y gritar "Viva México" y celebrar se haga presente, como cruda de conciencia. Y ojalá no se quede en "¡ah sí es cierto!", sino que nos toque en vida tener tiempo para celebrar en el día a día algo de genuina identidad. Pero que valga la pena: sin sentir que nos estamos tomando el pelo con la izquierda y brindando con la derecha algo que no sabemos por qué queremos brindar.

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jueves, 26 de agosto de 2010

8. De Piratas, Mojados y Gobiernos Fracasados

(De "13 divertidísimas incongruencias sociales". Ver etiqueta...)
Los discursos sociales llegan y, en su movimiento, fundamentan las ideologías: esas formas de ser y hacer dominantes que determinan a cierta sociedad como diferente de cierta otra. En la acción social hay conductas que se representan como “inconvenientes” para el bien común del resto de la sociedad. Tienden, pues, a ser ilegales. Como el comercio de narcóticos (tabaco y alcohol, ¡oh fortuna!, exentos de la etiqueta), el tráfico de órganos, el asesinato pasional (y otros especímenes de asesinato). Pero también detalles no tan generales como la prostitución, la eutanasia, el aborto, la piratería, la inmigración o cítese-aquí-el-que-se-le-ocurra.

Por contravenir a convencionalismos sociales, las acciones ilegales se asumen como peligrosas (crímenes) y son perseguidas por el orden público para mantenerse a sí mismo. Cosa sana, si nos ponemos a pensar. Imaginemos lo frustrante que debe ser saber que la persecución de los malos del cuento, al sistema, le sirve tan solo en tanto tal: en la persecución y nunca en la reducción o el control del fenómeno. Como si las cosas malas fueran malas nada más para que la gente tenga sobre qué diseñar sus estructuras morales, tenga de qué hablar, tenga algo que querer solucionar. Y de solucionarlo, se acaba el juego y la cosa se pone seria. Nos ponen, pues, a jugar. Porque al Sistema no le gustan las cosas “serias”.

Viene a cuento, por ejemplo, la famosa piratería: distribución ilegal de productos (en este caso películas y álbumes musicales) por personas dedicadas a copiar masivamente y distribuir artículos por encima de los derechos de autor y permisos de distribución. Los dan, por supuesto, mucho más baratos que los originales y cada vez con una calidad más cercana a ellos. ¿Es mala? Digamos que sí: digamos que es un crimen que atenta contra la industria del espectáculo y bla, bla, bla.

Gobierno entonces se encarga de hacerle saber a la ciudadanía que la piratería es un crimen que se castiga con muchos pesos de multa e incluso alcanza prisión. La piratería es un delito entonces, está mal comprar películas piratas porque (aludiendo a la más barata y ridícula propaganda cursi y mocha) “las películas piratas se ven mal, pero tú como papá te ves mucho peor”. Chale, al menos pudieron hacer una campaña manipuladora menos pedante que el involucre de la imagen paterna… ¡pero funciona! ¿Funciona?

Siempre he defendido la idea de que en la educación de la sociedad está el cambio. Si se quiere acabar con el narcotráfico, conviene iniciar con educar a los compradores potenciales en vez de cazar a los distribuidores minoristas o mayoristas. Aunque el narcotráfico es tema de otro ensayo, úsese para ampliar la perspectiva del tema: en vez de tratar de controlar la adquisición de drogas, se quiere castigar su distribución. Matanzas, decapitados, ajustes de cuentas, miles de curiosidades que le dan en la madre a la inocente sociedad civil de por medio. No ha funcionado. Con la piratería se intenta lo contrario: el que está mal, el delincuente, eres tú: comprador de piratería, consumidor irresponsable. Controlemos el flujo de piratería educando a los compradores. Ok, cierto es que conviene modificar los mensajes con los que pretenden abarcar el problema, porque “tenemos un papá pirata” o el anuncio del cuate al que no le reciben su currículum por tener una peli pirata… bueno, no convencen del todo. Al menos no a su servidor y a otros con más dedos de frente.

¡La cuestión es que hay puestos de piratería en las calles! Personas del comercio informal que pagan sus impuestos y las rentas de un local que se dedica a exhibir y vender piratería. Y aunque el gobierno nunca cesa en su discurso de decir que la piratería es un crimen y que daña la sana estructura de una sociedad civilizada, pues tampoco parece poner mucho de su parte a la supresión del libre ejercicio de la ilegalidad en público. Gobierno incoherente para sociedad incoherente.

Multiplicado por miles, la inmigración es un fenómeno semejante. Abandonar tu país y entrar sin permiso en otro es traición a la patria. Estrictamente hablando, un indocumentado (¡ojo con el término!) perdería sus derechos de ciudadanía en el país que abandona y violaría la soberanía del país al que se cuela. Por eso se les dice “ilegales”. Y es –era, debía ser- un delito. El control de la inmigración es un fenómeno raro. Gobierno dejó de perseguir al delincuente, lo llamó paisano, y vela día y noche en las agendas del Ejecutivo por controlar dignamente el fenómeno de la inmigración. Que los dejen pasar sin hacerles daño, paisanos, que no se las armen tanto de tos. No sea así con un cabrón guatemalteco tratando de pasar a México, porque Migración acude a sacar a esos delincuentes parasitarios del suelo nacional a toda costa. En el sur está mal visto, de aquí pa’l norte está bien…

¿Por qué? Pues porque esos delincuentes mojados mandan dinero a México. Porque el comercio informal, aunque sea ilegal en ocasiones, hace que el dinero fluya sin consumir recursos de producción. Porque al gobierno le conviene. Entonces lo incoherente es seguir insistiendo en el discursito de la peligrosa ilegalidad donde, si uno se sienta a escribir en torno a tal, el gobierno solo termina apareciendo como incompetente en el control y fracasado en el intento. Frustrante ir jugando a tener crímenes que se yerguen como males necesarios, que se representan como “Guatemala” ante “Guatepeor”. ¿Pero qué hacerle? ¿Sigue estando mal, o el que está mal es uno? Las cosas que hay que ver…

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jueves, 5 de agosto de 2010

Hacia una filosofía del desapego II

Dice Gerardo Aldana Martínez: “lo primero que hay que erradicar de nuestras mentes es la idea, extremadamente arrogante, de que somos el centro del cosmos. Los humanos existimos como una más de las múltiples formas vivientes que han hollado la faz de la tierra. Al igual que el resto de los seres vivos, pereceremos como especie, así lo revela la evidencia evolutiva. ¿Qué soberbia nos hizo pensar que somos para siempre?”

Aunque en su contexto original la cita (de un artículo que publicó en Algarabía de Julio 2010) versaba sobre el ambientalismo y tal, la idea me resultó encantadora para la filosofía del desapego que tanto me atrae. Y es verdad: de las millones de formas de vida conocida que existen y han existido en este planeta, pareciera que el ser humano es el único que insiste en creerse con el derecho (a ratos hasta con la obligación) de ser para siempre.

Porque sigue siendo una cuestión antropocéntrica brutal, en tanto se insiste en no escribir sobre el “fin de nuestra especie” sino sobre el “fin del mundo”. El día que el ser humano se extinga, deberá ser porque el mundo entero – el universo entero – así lo haga. Nos resulta inconcebible que la vida pueda seguir sin nosotros y aún más: hemos tenido que inventar la vida eterna, algo más allá del episodio terrenal en que vivimos, ante nuestra insistente necedad de perdurar pese a todo.

No es tan difícil trasladar el asunto de lo general a lo particular, ya no como especie sino como individuos interactuando sobre una concepción determinada de la vida. Conceptos que se me ocurren: conservación de la especie, instinto de supervivencia, apego a la vida. Del último me ocupo en esta ocasión.

No es sencillo desapegarse de La Vida. Como en el escrito anterior sobre el tema ya lo había puesto en claro, desapegarse no significa desprenderse o sentir indiferencia hacia algo, sino entender que es un algo finito y que se acaba y punto. Disfrutar, dejarse afectar por lo que en el proceso de estar a desaparecer pueda pasar, podría ser el fin último de una filosofía del desapego.

Contrario a la noción religiosa (escribiría “católica” pero me parece que más religiones comparten esta noción) en que la vida terrenal es solo un puente con una Vida Eterna que hay que merecer y por la que hay que padecer en un mero acto de fe ante lo desconocido, este desapego sugiere que la Vida hay que vivirla mientras dura, por lo que dure. Como llegó se irá, se está yendo (uno comienza a morir desde que nace), y si después sucede o no cualquier cosa ya no es asunto nuestro. Tal vez sea demasiado frío tratarlo de entender cada quien sobre su propia vida, pensemos entonces en el apego a la Vida de los otros: los que desarrollan un vínculo personal con cada uno.

Esa gente con quien se genera una relación de estima, empatía o emociones varias; con quien se tiene un vínculo significativo como los amigos, los hermanos, los esposos, hijos, padres, hasta los profesores o conocidos que de alguna manera significan algo para un individuo. Desapegarse a ello, entender que son finitos y se acaban –acabarán- y punto. Sigue sin ser fácil, pero es más comprensible que entrar directamente a tratar con la vida propia. La muerte llega y termina la vida; la Vida sigue. “Los que nos quedamos” lloraremos al difunto, velaremos por él, le pondremos monedas en los ojos, lo quemaremos en un bote en el río, o lo que la tradición dicte. Lo extrañaremos. Pero es importante hacer tangible un desapego porque quedarse en el rito fúnebre, o en las emociones propias de un rito fúnebre, no ayuda a nada sino a hacer que ‘los que nos quedamos’ nos quedemos muertos en vida.

Y sin llegar a la muerte, porque si yo estoy escribiendo esto y usted lo está leyendo entonces ninguno de los dos la conoce realmente, el apego a las personas es análogo en toda relación. Perder a un amigo por circunstancias determinadas, terminar con una pareja, un matrimonio, despedir en el aeropuerto al amigo de la infancia… sigue costando trabajo dejarlo ir. Lo usual para la filosofía de este Sistema es apegarse, aferrarse, padecerlo. El miedo a la Soledad es la fobia con más patrocinadores en el mercado, la idea de que somos seres incompletos y NECESITAMOS a otro para completarnos (base de la concepción del Amor que sigue rigiendo al mundo) no te prepara para desapegarte de las cosas materiales, de la materialidad de esas cosas que nos hacemos llamar personas.

Es un miedo infundado. Basta con apreciar a la Vida por sí misma; basta con dejar que la relación con las personas afecte como debe afectar, lo que deba afectar, sabiendo que terminará y, cuando termine, no pasa nada. No quedarse llorando la muerte de Fulanita en luto de por vida, ni dejar de creer en el amor o maldecir a los hombres porque la relación falló; ni tomarse en serio lo de “el amor de mi vida” con cada nueva relación. Vivir es más que suficiente. Entender esto es una cosa; practicarlo, otra. Lamentablemente no hay otra manera más pura de entender el desapego que entenderlo desde aquí.

Paremos pues de sufrir. Vivamos tantito sin tanto desmadre. La ventaja es que aquí sí es inevitable: con las cosas materiales, inanimadas, el desapego se siente mucho más voluntario. Pero con las cosas vivas, la Vida funciona y punto. Aunque no quieras desapegarte tendrás que terminar haciéndolo (“estaba en Dios” o “solo Dios sabe por qué hace las cosas” es el reconocimiento de esta realidad que se escucha en un funeral, por ejemplo) porque aquí la Vida te lo quita y sólo dependerá de ti qué tan pronto puedes asimilarlo como lo natural que es el juego. Ella se desapega de ti, tú nomás puedes ver cómo te lo tomas. La opción A es leer lo escrito y pensar “loco pesimista”. La opción B la sobreentiendes, si te pones a pensar.

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miércoles, 28 de julio de 2010

9. La Universidad es para los Caballos

Uno puede, gracias al ejercicio de nuestra libertad de expresión, manifestar sus opiniones y argumentos sobre cuánta cosa le venga a bien hacerlo. Incluso (y para bien de muchos) uno puede expresar sus opiniones, la expresión más baja del pensamiento, pese a no tener conocimiento pleno de las cosas de las que está hablando. Un servidor abusa de ese recurso en numerosas ocasiones, apelando también a la facultad de que el conocimiento pleno no siempre es necesario para que lo dicho diga algo, o algo signifique. Sobre todo en materia de ciencias sociales, en que la subjetividad de los participantes permite un rango más amplio en los criterios para manifestar las particulares ideas de la dinámica social. Es decir: cada quien tiene derecho de entender al mundo de cierta manera de acuerdo con las construcciones mentales que del mundo haga y, sean cuales sean, tiene el mismo derecho a expresarlas.

Pero hay ideas que por convencionalismo social se arraigan en las sociedades como su esencia; y cuando uno manifiesta opiniones adversas al respecto, se sabe (porque se sabe) que puede estar metiéndose en líos. No es lo mismo, digamos, hacer una crítica contra los inútiles programas de “bacheo” que el gobierno realiza inflando presupuestos al borde de lo asqueroso, que realizar una crítica de la igualmente ridícula estructura familiar de la sociedad mexicana. Al hablar de la Familia, la respiración se contiene un instante. El instante en que sabes que estás tocando cosas a las que tienes derecho de tocar, pero que no deberías. Autocensura social tácita; que aunque sea un tema harto interesante, no es de lo que este ensayo trata. Sírvase tan solo de introducción.

La educación en nuestro país es otro de esos temas de cuidado. Me explico: no es un secreto para nadie que la mayoría (por no decir todas) de las problemáticas sociales –corrupción, contaminación, vialidad, delincuencia y etcétera – devienen de un problema de la educación, su regulación e implementación por el propio Sistema. Hablar de las reformas que el sistema educativo debería tener para representar un impacto positivo en el devenir social es un tema recurrente y hasta cierto punto sencillo. Basándose en la premisa de que la educación es siempre necesaria. Contradecir esta última idea es meter la lengua al fuego; o la letra como es mi caso.

Uno debe estudiar el kinder, la primaria, secundaria y preparatoria (o bachillerato) para considerarse que tiene los estudios básicos. Mínimo necesario. Y nos brincamos el gran párrafo que hablaría de los pormenores que hacen de esta educación básica una mala inversión desde su programación y operación, para pasar a la educación “superior”: el meollo de esta indagación.

Después de la preparatoria se sigue la Universidad. La carrera para obtener un título de licenciado, ingeniero, arquitecto o tal. El primer problema es que en este país la noción es que INMEDIATAMENTE después de la preparatoria se DEBE acceder a la Universidad. Más letras al fuego: en un país donde la estructura familiar parece estar diseñada para criar parásitos y no entes productivos, el nicho familiar se transforma (en un buen número de casos) en un microcosmos insuficiente para ofrecer al individuo una perspectiva real de su orientación vocacional. Un gran número de estudiantes de bachillerato llegan a tercer año con la obligación de elegir una carrera aunque no tengan en claro su vocación porque (puede ser): a) no tienen en claro al mundo ni su función en el mundo fuera de las paredes hogareñas y lo que éstas le han dicho al respecto; o b) presión de los padres, herederos de la carrera de sus padres, y a su vez y a su vez… y basan su estudio vocacional en sus gustos y talentos, sus aficiones y demás, sin contemplar el espectro social en que opera cada carrera; y en fecha límite ingresan a la Universidad. Segundo problema –luego entonces-: altísimos índices de deserción escolar.

¿Qué tal un modelo europeo, en donde el estudiante al terminar su educación básica se toma un año sabático para viajar o conocer el mundo, y su ingreso a la Universidad se da cuando de verdad el individuo está conciente de su vocación y su función social?

Eso en tanto al momento de entrar a la Universidad. El momento de salir, amigo lector, es donde aparece la parte inusual del conflicto. Se sigue pensando que un título universitario representa una ventaja competitiva en la búsqueda de empleo. Y actualmente (a los hechos me remito) eso es una falacia. ¿Por qué? Porque en este país CUALQUIERA PUEDE SER LICENCIADO. Con 4 años de media chinga, suficiente dinero para pagar una escuela y un poquito de suerte, todos pueden ser titulados. Las escuelas son más un negocio que un organismo social, y un título no significa nada a nivel competencia laboral. Tiene trabajo y opciones el que tiene experiencia, el que inició a chingarle en la vida real desde segundo semestre y no el que tiene un título con mención a las buenas notas. El ritmo de la vida es así: los trabajos freelance y la administración del tiempo libre están resultando una mejor fórmula para producir que el modelo de empresa-empleado, tan infame ya. (Y pese a lo que digan Pepe y Toño...)

Conviene saber hacer las cosas, no saber las cosas que se hacen. Conozco en mi círculo social a personas que trabajan estable, ganan fijo y ganan bien (o ganan mejor), y muchos a penas tienen la prepa. Uno de esos amigos sentenció un día el título de este ensayo. Nunca me explicó por qué; tal vez ni siquiera él sabría por qué, pero me puso a pensar. Y a escribir. Y a pensar un poco más, sin contener el aliento.

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domingo, 4 de julio de 2010

10. Que le llaman Autoestima

(De 13 divertidisimas incongruencias sociales. Ver etiqueta...)
El cristal con que miro la Vida cambió (para ser lo que es ahora) desde el preciso momento en que me familiaricé con el concepto “sociedad de consumo”. Entonces la sociedad y su movimiento perpetuo, que siempre en la experiencia me ha parecido un movimiento absurdo y acelerado, empezó a tener sentido. Sentido, claro, a partir del consumo mismo; lo que para mí sigue siendo ridículo pero – mire qué cosa – enormemente interesante y a ratos hasta divertido.

Porque es innegable que la “sociedad de consumo” ha definido el ritmo de la vida y la gente. Es un sistema que infiere en la cultura de las personas, en su arte, su ciencia, su religión… y nadie puede hacer nada para solucionarlo porque, de hecho, no hay nada que solucionar. Es el ritmo natural de la dialéctica histórica. Baste con observar y apuntar anotaciones cotorras de los fenómenos que produce para saber sortearlos de la mejor manera. Y basta ya de introducción, pasemos a lo que sigue.

Hace apenas algunos siglos, la adolescencia no existía. Los seres humanos pasaban de la niñez al estado adulto inmediatamente, sin tener que sufrir la etapa de trastornos de la personalidad que actualmente tanto cuidamos: los reyes eran reyes desde los 12 o 14 años (recuerdo: no soy historiador ni psicólogo, nada más escribo para llegar a un punto; así que evitemos los purismos y las reclamaciones innecesarias) y las mujeres se casaban también de esa edad aproximada. El promedio de vida podía ser de 30 o 35 años. De modo que la adolescencia se inventó en fechas relativamente recientes, podría ser desde el XIX, habrá que documentarse…

El punto es el mismo: las sociedades se mueven y crean la adolescencia con todos sus atributos y pormenores. Hay gente en comunidades rurales (todavía) en que una niña de 14 años es perfectamente capaz de realizar labores domésticas, cuidar a su familia, su hogar, su tierra. Incluso, son perfectamente capaces de soportar condiciones climáticas inestables, o parir y criar a sus hijos. Y son felices… hasta que se les pone en comparación. Porque hay sociedades urbanas (muchas todavía) en donde una niña de 14 años es un ente indefenso ante las adversidades del mundo que necesita trato especial: toallas sanitarias especiales, jabón para los barritos, ropa de cierto color para el verano o para el invierno, shampoo teen, tenis teen, cine teen, fiestas teen, celular teen… porque las adolescentes aquí están en una etapa de su vida en que no están preparadas para vivir. Hay que hacerles un mundo teen.

No uso a “las” adolescentes con exclusividad. El fenómeno es el mismo para “los” adolescentes, y de hecho a lo que el punto desemboca es igual para adolescentes, niños o adultos. ¿En qué punto la niña rural de mi ejemplo no puede ser feliz? En la comparación, claro, con la niña urbana del mismo ejemplo. La que vive en TeenWorld es más feliz porque la sociedad de consumo se lo ha permitido. Y para ello, se inventó una palabreja que funciona como axioma en la vida moderna: le dicen “autoestima”.

Puede que una niña de 14 años en el pueblo pueda sonreír a pesar de tener que trabajar el campo cargando a su bebé y checando la comida para cuando llegue su marido. Pero no es feliz ¡oh no!, no puede ser feliz porque tiene 14 años, y a esa edad uno no debería ser mamá ni esposa ni trabajadora del campo. Cuando le expliquen, seguramente se dará cuenta de lo terrible que es su existencia y sentirá la necesidad de cambiar su estilo de vida para mejorar su autoestima.

¡Y esa es la trampa por fin! La sociedad de consumo se vale de la noción de ‘cuidar el autoestima’ para perpetuar su existencia. Para que puedas cuidar tu autoestima, primero debes sentir tu autoestima dañado. Y lo dañan porque es necesario que lo arregles. Así, un bombardeo de ideas y productos se mueven entre nosotros para recordarnos que debemos ser felices y sentirnos bien con nosotros mismos, PERO no podemos ser felices ni sernos suficientes. Se trata de buscar la manera de intentarlo, pero está prohibido lograrlo. Porque de lograrlo, ya no necesitaríamos comprar el deportivo que nos hará sentirnos mejor que el carrito que a penas tenemos, ni será necesaria la cajita feliz de McDonals, ni habrá por qué bajar esos 10 kilos que te faltan para ser la Barbie que siempre te han dicho que has querido ser. Tu novio o novia están bien, funcionan. Pero para que sea Amor, lo que se dice Amor, debe ser como Edward Cullen o Princesa Disney. Si no es perfecto como los modelos enésimamente repetidos por el sistema, entonces cuidado: estás incompleto, tu autoestima corre el riesgo de ser pisoteado.

Y si no, si tu autoestima está bien incluso al margen de los preceptos del consumo y sus maravillosos inventos, entonces se debe a que tienes algún desorden mental, una anormalidad social; o de plano es porque eres conformista: uno de los peores demonios que persigue esta sociedad emprendedora. Juegan con tu desarrollo vital de la misma manera en que se juega, por ejemplo, con la noción de “calentamiento global” (la nueva primicia en la onda de la manutención de la sociedad de consumo). ¿O no es incongruente que se les den premios sociales a las empresas grandes que apoyan las campañas de reciclado y cuidado al medio ambiente? Las mismas que se encargan de llenar de botellas la ciudad. Un montón de basura que, por ser reciclable, se gana los aplausos de sus consumidores, todos ellos a la vanguardia en el cuidado ambiental…

Yo creo en la aceptación de la Vida y de uno mismo y de todos los demás. Por mucho que insistan, no creo en lo que llaman “autoestima”. Ya es cosa de cada quien.

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jueves, 17 de junio de 2010

Ser adolescente

Ser profesor de secundaria es el mayor placer que mi vocación me ha dado. Tener enfrente de mi discurso a hombres y mujeres en una etapa de su vida tan decisiva y tan trascendente sobre el presente que les espera, el que de algún modo depende de ellos.
Me encanta, pues, trabajar con adolescentes. Porque me encanta observarlos, ir descubriendo de qué diferentes maneras el mundo los va a corromper.
Porque los adolescentes tienen la cabeza llena de cosas que ya reconocen como válidas, pero que desconocen por completo. El espíritu mesiánico de querer cambiar al mundo, de creer - pero a manera de certeza, no de fe - en causas a veces hasta utópicas. En algunos casos, idealizando escenarios probables de ecología, arte o política; en algunos otros, experimentando con la apatía, los gadgets, o los balones de fútbol. Resulta increíblemente interesante ser testigo de la forma en que sus cabezas se abren al experimentar el mundo, de como sus ideas e ideales van mutando al ir desnudando a la Vida, al introducirse lenta y orgánicamente al Sistema Social (así con mayúsculas...)
Entonces sus ideas se van desmoronando. Comienzan a frustrarse, a entender que salvar al mundo toma más tiempo del que les enseñaron a pensar, que los roles sociales se han diseñado para perpetuar ciertas dinámicas de incomunicación. Comienzan a ver que no es suficiente ser bueno en el futbol para ser futbolista, ni que es tan importante desarrollar talento para entrar a Televisa. El mundo (porque así está diseñada la Vida, así opera el crecimiento humano) les va cambiando el color de los lentes hasta que terminan por desaparecer, y el mundo entonces es mucho más grande. Y mucho más difícil. Y mucho más rápido. Y mucho más mundo.
Entonces, según he observado, pueden pasar tres cosas cuando el adolescente termina por crecer: se suma a los numeros que engrosarán las listas de estadística de estrés, depresión, obesidad o suicidio; que curiosamente son las mismas listas que miden la felicidad de ser totalmente palacio, ingresos, impuestos, éxito y calidad de vida en la gigantesca sociedad de consumo. Esto sucede mucho, muchísimo, y es por eso que las otras dos maneras de corrupción se vuelven una alternativa.
Están los que no terminan por alterar sus ideales adolescentes, sino enfatizarlos y volverse reaccionarios. Votan por seguir a contracorriente. Son tremendamente peligrosos para el orden establecido, y son (por supuesto) los que suceden en menor porcentaje. Los etiquetan de "locos", "inmaduros" o "rebeldes" en su contexto, pero son los que terminan por llamarse Ghandi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Ernesto Guevara y miles más que nunca salieron en un periódico pero que provocan cráteres en la sociedad; aunque sean de corto espectro. Sin embargo, insisto, siguen siendo minoría.
Son superados por otro orden que parte de la misma idea, pero que es controlado a tiempo por el orden establecido, dada su peligrosidad. Entonces se generan individuos tibios, snobs y pseudointelectuales; o bien reaccionarios freelance, apáticos y adictos a la disfunción narcotizante. Admiradores idólatras de los "locos" del párrafo de arriba, fanáticos. Artistas pretenciosos o críticos de closet, que no proponen nada porque con estar en contra es suficiente. Son los punk que se visten y se saben su discurso contracultural, pero que trabajan en McDonalls medio tiempo.
Y esos desenlaces se obtienen después del proceso de ser adolescente. Ser educador supone ser parcialmente responsable de las cosas que en el camino el sujeto va a adquirir para respaldar las experiencias que le darán forma al crecer. La educación, sin embargo, está adminstrada de tal manera que esas herramientas que los educadores han de dar, a manera de cachetadas disimuladas de la Vida, sean herramientas orientándose a generar ciudadanos que quepan, y jueguen, en el orden sociopolítico dominante. Que caminen para el lado en que está caminando el mundo, por los intereses que sean y de quien sean, incluso si no son de ellos mismos.
Y ante tal panorama, en que como educador debes trabajar sobre discursos prefabricados y "avalados" por la escala moral y las buenas costumbres, uno no puede más que tratar de entender las causas por las que la corrupción de los espíritus adolescentes le dan continuidad al mundo sobre el que los adolescentes de la próxima generación tendrán que disernir. Cierto es que a veces me gusta tomarme la licencia de cambiar el discurso de las ideas con que puedo impactar a algunos alumnos, o a alguna persona cualquiera, como si diera una cachetada al aire sin querer que golpee a nadie; y siempre quien esté preparado en ese lugar y tiempo para recibirla, pondrá la cara en el trayecto.
Y es lo hermoso de trabajar con adolescentes: estar ahí para formar parte - como espectador o como influencia o como conocido - de la corrupción de sus ideales para su futuro impacto en el mundo, un mundo que no deja de apasionarme.

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